Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro »—¡Por la Divina Providencia! —chilló Constance—. ¿Ahora qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer?
—Tengo la absoluta certeza de que en el juicio final Constance va a hacer más preguntas que los propios serafines examinadores.
»Por mi parte, hice todo lo que se me vino a la cabeza en aquel momento. Bramé, increpé y supliqué en inglés, en francés y en el idioma de los guardabosques; di fustazos ridÃculos e inútiles al aire; le arrojé a la bestia mi fiambrera. No sé, de veras, qué más pude haber hecho. Y aun asà seguimos avanzando a paso lerdo, a medida que se iba poniendo más oscuro, con la tosca y siniestra figura abriendo marcha y la lúgubre cantinela zumbando en los oÃdos. De pronto Esmé saltó a un lado y se perdió entre unos arbustos tupidos, fuera de nuestro alcance. El lamento se convirtió en un alarido que se cortó en seco. Acostumbro pasar rápidamente por esta parte de la historia, porque en realidad es bien horrible. Cuando la bestia se nos unió de nuevo, tras una ausencia de pocos minutos, la rodeaba un aura de paciente comprensión, como si supiera que habÃa hecho algo que nosotras censurábamos pero que a ella se le hacÃa perfectamente disculpable.
»—¿Cómo puedes dejar que esa bestia voraz trote a tu lado? —preguntó Constance, que más que nunca parecÃa una remolacha albina.