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—Podemos poner un poco de estricnina en las migas que recibe a la hora de la comida —dijo sir Wilfrid—; y yo me encargo de ahogar a la gata de las caballerizas. Al cochero va a dolerle mucho perder a su mascota, pero voy a decirle que a los dos gatos se les ha pegado una especie de sarna muy contagiosa y que tememos que se extienda a las perreras.

—Pero ¡mi gran descubrimiento! —protestó el señor Appin—; ¡después de tantos años de investigación y experimentos…!

—Puede ir a experimentar con las vacas de la granja, que reciben un control adecuado —dijo la señora Cornett—, o con los elefantes del jardín zoológico. Dicen que son muy inteligentes, y tienen la ventaja de que no andan merodeando por nuestras alcobas y bajo las sillas, ni nada por el estilo.

Un arcángel que proclamara en éxtasis el advenimiento del milenio, sólo para encontrarse con que éste iba a coincidir imperdonablemente con las regatas de Henley y que por tanto habría que postergarlo a plazo indefinido, a duras penas se habría sentido más abatido que Cornelius Appin frente a la acogida dispensada a su maravilloso logro. La opinión pública, sin embargo, estaba en su contra. De hecho, si se le hubiera consultado al respecto, es probable que una abultada mayoría hubiera votado a favor de incluirlo en la dieta de estricnina.


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