Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro Una bonita tarde de finales de otoño, cuando daba los últimos toques a un estudio sobre las yerbas del potrero, su vecina, Adela Pingsford, asaltó la puerta del taller con golpes duros y perentorios.
—Hay un buey en mi jardín —anunció, a modo de explicación por aquel allanamiento tempestuoso.
—Un buey… —dijo Eshley, en tono indiferente y harto presumido—. ¿Qué clase de buey?
—¡Oh, no sé de qué clase! —respondió con brusquedad la dama—. Un buey común, o de jardín, como se dice en jerga. Y lo del jardín es lo que me molesta. Al mío acaban de ponerlo en orden para el invierno, y un buey vagando por ahí no va a mejorar las cosas. Además, los crisantemos están empezando a florecer.
—¿Cómo se metió al jardín? —preguntó Eshley.
—Me figuro que por la puerta —dijo la dama, llena de impaciencia—. No puede haber escalado los muros, y no creo que lo hayan tirado de un avión para anunciar el caldo Bovril. La pregunta importante por ahora no es cómo entró, sino cómo sacarlo.
—¿Y no quiere irse? —dijo Eshley.