Cuentos de humor negro

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Adela Pingsford no dijo nada, limitándose a guiarlo hasta el jardín. En condiciones normales era un jardín de tamaño aceptable, pero se veía pequeño comparado con el buey, una gran bestia manchada, de un rojo opaco en la zona del cerro y la cabeza, pasando al blanco sucio en los lados y cuartos traseros, con orejas hirsutas y grandes ojos inyectados de sangre. Su parecido con las delicadas novillas de corral que Eshley estaba acostumbrado a pintar era el mismo que habría entre el jefe de un clan de kurdos nómadas y la empleada japonesa de una casa de té. Eshley permaneció muy cerca del portillo mientras examinaba la apariencia y actitud del animal. Adela Pingsford seguía sin decir nada.

—Se está comiendo un crisantemo —dijo al fin Eshley, cuando el silencio se volvió insoportable.

—¡Qué detallista es! —dijo Adela, con sorna—. ¡Como que usted lo nota todo! De hecho, ahora mismo el buey tiene seis crisantemos en la boca.

Iba siendo imperioso hacer algo. Eshley dio un paso o dos en dirección al animal, dio algunas palmadas e hizo algunos ruidos del tipo «¡sus!» y «¡uste!». Si el buey los escuchó, no dio señas externas de ello.


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