Cuentos de humor negro

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La calma glacial se descompuso. Adela Pingsford utilizó palabras que lo obligaron a dar otros dos o tres pasos instintivos hacia el buey. El artista recogió una varita para enredar arvejas y la arrojó con cierta decisión contra el moteado costillar del animal. La operación de machacar la ensalada de pétalos del Mademoiselle Louise Bichot se vio suspendida por un largo instante, empleado por el buey para clavar una mirada inquisitiva y concentrada en el lanzador de varitas. Adela dirigió una mirada igual de concentrada y más abiertamente hostil al mismo foco. Como la bestia no había bajado la cabeza ni pisoteado contra el suelo, Eshley se arriesgó a hacer un nuevo ejercicio de jabalina con otra varita para enredar arvejas. De pronto el buey pareció darse cuenta de que debía marcharse. Dio un último y apresurado tirón al cuadro donde habían estado los crisantemos y empezó a cruzar el jardín a paso largo. Eshley corrió a arrearlo hacia el portillo, pero sólo consiguió que acelerara el paso hasta un trote lerdo. Con ciertos aires de pesquisa, pero sin verdaderos titubeos, el animal atravesó la diminuta franja de césped que los caritativos llamaban campo de croquet y se metió a la salita matinal por la puerta vidriera abierta. Había por el cuarto algunos jarrones con crisantemos y demás plantas de estación, y el animal reanudó los trabajos de poda. De todos modos, a Eshley le pareció que en sus ojos empezaba a brillar una mirada de bestia acorralada, una mirada que aconsejaba respeto. Suspendió todo intento de interferir en sus preferencias ambientales.


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