La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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El muchacho, nerviosamente, recorrió con la vista toda la tienda y se volvió vacilante para marcharse. Nuevamente fue interceptado, esta vez por el sobrino, que surgió velozmente desde detrás de su mostrador y le dijo algo acerca de una especie de naranjas de mejor calidad. La vacilación del muchacho se esfumó; se abalanzó casi a la carrera hacia la penumbra del rincón de las naranjas. Hubo un expectante giro de la atención pública hacia la puerta y el desconocido alto y barbado hizo una entrada realmente espectacular. La tía de la señora Greyes declaró más tarde que se sorprendió a sí misma repitiendo subconscientemente: “El asirio irrumpió como un lobo en el aprisco” en un susurro, y así lo creyeron todos.

El recién llegado fue interceptado asimismo antes de llegar al mostrador, pero no por el señor Scarrick o su ayudante. Una dama portadora de un tupido velo, en la que nadie hasta entonces había reparado, se levantó lánguidamente de su asiento y le saludó con voz clara y penetrante.

—¿Su excelencia hace la compra por sí mismo? —dijo.

—Ordeno yo mismo las cosas —explicó el interpelado—. Tengo dificultades para hacerme comprender por mis criados.


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