La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne A la tarde siguiente hubo que contratar a dos dependientes y sus servicios fueron cada vez más solicitados; la tienda hallábase abarrotada. La gente compraba y compraba y parecía no concluir nunca con sus listas. Jamás el señor Scarrick había encontrado tan escasa dificultad para embarcar a los clientes en nuevas experiencias de artículos alimenticios. Incluso aquellas mujeres cuyas compras eran de modestas proporciones andaban haciendo tiempo antes de irse a sus casas como si en ellas les esperasen maridos brutales y borrachos. La tarde había discurrido sin incidentes y había un perceptible zumbido de excitación incontrolada cuando un muchacho de tez oscura con un caldero de latón en la mano entró en la tienda. La excitación pareció comunicarse incluso al señor Scarrick; abandonando inopinadamente a una señora que hacía erráticas preguntas acerca de la vida doméstica del pato de Bombay, interceptó al recién llegado camino del acostumbrado mostrador y le informó, en medio de un silencio mortal, que se había terminado la mixtura para codornices.