La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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La señora Greyes y la señorita Fritten, triunfalmente, miraron en derredor a sus amigas. Por supuesto, era deplorable que alguien tratara a la verdad como un artículo temporal y excusablemente fuera de circulación, pero se sintieron gratificadas porque el vivido relato del tráfico de falsedades del señor Scarrick recibiera una confirmación de primera mano.

—Ya nunca podré creerle cuanto me diga acerca de la ausencia de sustancias colorantes en la mermelada —susurró trágicamente una tía de la señora Greyes.

El misterioso desconocido se fue; Laura Lipping percibió con toda claridad un bufido de rabia contenida detrás del espeso bigote y el cuello de astracán subido. Al cabo de un prudente intervalo, el buscador de naranjas emergió de detrás de las latas de galletas con la apariencia de haber fracasado en su afán de encontrar alguna particular naranja que satisfaciese sus exigencias. También él se marchó y la tienda se fue vaciando poco a poco de sus abigarrados y chismosos clientes. Era el “día de recibir” de Emily Yorling y las clientas en su mayoría se encaminaron hacia su saloncito. Ir directamente de una expedición para comprar a una reunión en torno al té era conocido localmente como “vivir en plena vorágine”.


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