La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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—Tenemos unas magníficas naranjas de Jaffa —dijo apresuradamente, señalando al rincón en que se hallaban apiladas, tras una elevada muralla de latas de galletas. Era evidente que en la observación había más de lo que el oído percibía. El muchacho corrió hacia las naranjas con el entusiasmo de un hurón que encuentra en casa a una familia de conejos después de un infructuoso día de búsqueda subterránea. Casi en el mismo momento, el hombre de la barba irrumpió en la tienda y por encima del mostrador barbotó una petición de una libra de dátiles y una lata del mejor halvah[6] de Esmirna. Ni la más intrépida ama de casa de la localidad había oído hablar jamás del halvah, pero aparentemente el señor Scarrick estaba en disposición de ofrecer la mejor variedad de Esmirna sin vacilar un solo instante.

—Debemos estar viviendo en Las mil y una noches —dijo la señorita Fritten, excitada.

—¡Calla! Escucha —instó la señora Greyes.

—¿Ha venido hoy el muchacho de tez oscura de que le hablé ayer? —preguntó el desconocido.

—Hoy hemos tenido en la tienda más gente de la habitual —dijo el señor Scarrick—, pero no recuerdo a un muchacho como el que usted describe.


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