La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Todo el mundo esperaba una instantánea negativa por parte del señor Scarrick respecto a las existencias de naranjas. Antes de que pudiera contestar, sin embargo, el muchacho surgió de su santuario. Con el caldero de latón vacío por delante, se lanzó hacia la calle. Su rostro fue descrito más tarde, en forma diversa, como embozado por una estudiada indiferencia, cubierto por una palidez cadavérica e inflamado de desafío. Algunos dijeron que le castañeteaban los dientes, otros que salió silbando el himno nacional persa. No hubo error, sin embargo, en cuanto al efecto producido por el encuentro en el hombre que parecía haberlo provocado. Si un perro rabioso o una serpiente de cascabel se le hubieran acercado de repente apenas si hubiera podido desplegar un acceso de terror mayor. Sus aires de autoridad y firmeza se esfumaron, sus zancadas cedieron lugar a un paso furtivo y sin rumbo, como el de un animal que busca un resquicio por donde huir. Con gesto aturdido y displicente hizo algunos encargos al azar que el tendero simuló anotar en su libro. De vez en cuando, salía a la calle, miraba con ansiedad en todas direcciones y volvía a entrar rápidamente continuando con su simulacro de compras. No regresó de una de aquellas salidas. Habíase precipitado en la oscuridad y ni él ni el muchacho de la tez oscura ni la dama del velo fueron vistos más por las expectantes multitudes que siguieron abarrotando el establecimiento de Scarrick los días subsiguientes.