La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Durante un rato los dos hombres permanecieron en silencio, dando vueltas en la cabeza a las maravillosas transformaciones que llevarÃa consigo esta dramática reconciliación. YacÃan en medio de aquel bosque frÃo y tenebroso, con el viento desgarrándose en rachas espasmódicas por entre las desnudas ramas y silbando en torno a los troncos de los árboles, esperando la ayuda que traerÃa, ahora, rescate y socorro para ambos. Y cada uno de ellos musitaba una Ãntima oración para que fueran sus hombres los primeros en llegar, de modo que cada uno pudiera ser el primero en mostrar su deferente atención al enemigo que acababa de convertirse en amigo.
Al cabo, cuando el viento amainó por un momento, Ulrich rompió el silencio.
—Vamos a gritar pidiendo ayuda —dijo—. Con esta calma nuestras voces pueden llegar lejos.
—No irán muy lejos entre los troncos y la maleza —dijo Georg—, pero podemos intentarlo. A un tiempo, pues.
Ambos elevaron sus voces en un prolongado grito de caza.
—Otra vez a un tiempo —dijo Ulrich unos minutos más tarde, después de escuchar en vano a la espera de una voz de réplica.
—Creo que esta vez oigo algo —dijo Ulrich.
—Yo no oigo más que este inmundo viento —dijo Georg roncamente.