La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Hubo un nuevo silencio de varios minutos y luego Ulrich emitió un grito de alegrÃa.
—Alcanzo a ver unas formas que se acercan por el bosque. Van siguiendo el camino por el que descendà la ladera.
Los dos hombres alzaron sus voces con todas las fuerzas que fueron capaces de reunir.
—¡Nos oyen! Se han parado. Ahora nos ven. Bajan corriendo por la ladera hacia nosotros —exclamó Ulrich.
—¿Cuántos son? —preguntó Georg.
—No lo distingo bien —dijo Ulrich—. Nueve o diez.
—Entonces son los tuyos —dijo Georg—. Yo sólo tenÃa conmigo siete.
—Vienen a toda la velocidad que les es posible, bravos muchachos —dijo Ulrich jubilosamente.
—¿Son tus hombres? —preguntó Georg—. ¿Son tus hombres? —repitió con impaciencia al no recibir respuesta de Ulrich.
—No —dijo Ulrich con una risotada, la risotada gárrula y estridente de un hombre desencajado a causa de un tremebundo pavor.
—¿Quiénes son? —preguntó Georg rápidamente, haciendo un esfuerzo por ver lo que el otro de buena gana hubiera deseado no haber visto.
—Lobos.