La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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La más pequeña de las chiquillas originó una diversión al comenzar el recitado de “En el camino de Mandalay”. Se sabía tan sólo el primer verso pero extraía el máximo partido de su limitado conocimiento. Repetía el verso una y otra vez, como una melopea, pero con una voz resuelta y perfectamente audible. Al joven caballero se le antojaba aquello como si alguien hubiera hecho una apuesta con ella a que no era capaz de repetir el verso en voz alta dos mil veces sin parar. Quienquiera que hubiera hecho el envite probablemente perdería la apuesta.

—Venid aquí y escuchad mi cuento —dijo la tía, después de que el caballero la hubiera mirado por dos veces y una vez al tirador de llamada.

Los niños se encaminaron displicentemente hacia el extremo del vagón en que se hallaba la tía. Evidentemente, su reputación como narradora no rayaba alto en su estima.

Con voz baja y confidencial, interrumpida frecuentemente por sonoras y petulantes preguntas de sus oyentes, dio principio a un cuento anodino y lastimosamente falto de interés acerca de una niña que era buena y que debido a su bondad se hacía amiga de todo el mundo y que a la postre se veía a salvo de un toro enfurecido a cargo de unos cuantos salvadores que admiraban su carácter moral.


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