La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —¿Es que no la habrÃan salvado si no hubiera sido buena? —preguntó la mayor de las niñas. Era exactamente la pregunta que el joven caballero hubiera querido formular.
—Bueno, pues sà —admitió la tÃa a regañadientes—, pero no creo que hubieran corrido en su ayuda con tanta premura si no la hubieran tenido en tan alto aprecio.
—Es el cuento más estúpido que he oÃdo jamás —dijo la mayor de las niñas con infinita convicción.
—Yo, después de oÃr el principio, ya no he escuchado más. Era tan estúpido —dijo Cyril.
La más pequeña de las chiquillas no hizo ningún comentario explÃcito acerca del cuento pero hacÃa un largo rato que habÃa reemprendido en un susurro la repetición de su verso favorito.
—No parece usted tener un gran éxito como narradora —dijo súbitamente el joven caballero desde su extremo.
La tÃa se erizó en instantánea defensa ante aquel ataque inesperado.
—Es muy difÃcil contar cuentos que los niños puedan a la vez comprender y disfrutar —dijo con tiesura.
—No estoy de acuerdo con usted —replicó el joven caballero.