La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —Era tan buena —prosiguió el joven—, que ganó varias medallas a causa de su bondad, las cuales se prendÃa siempre en el vestido. TenÃa una medalla a la obediencia, otra a la puntualidad y una tercera por su buena conducta. Eran unas medallas grandes, de metal, y tintineaban unas con otras al andar. Ningún otro niño de la ciudad en que vivÃa tenÃa tantas medallas, de modo que todo el mundo estaba enterado de que aquella debÃa ser una niña superbuena.
—Horriblemente buena —acotó Cyril.
—Todo el mundo hablaba de su bondad, y el prÃncipe de aquel paÃs oyó hablar del caso y dijo que puesto que era tan buena se le permitirÃa pasear una vez a la semana por su parque, que se hallaba en las afueras de la ciudad. Era un hermoso parque y jamás se le habÃa permitido el acceso a niño alguno, de modo que era un gran honor para Bertha que le autorizasen a entrar.
—¿HabÃa ovejas en el parque? —preguntó Cyril.
—No —dijo el joven—, no habÃa ovejas.
—¿Y por qué no habÃa ovejas? —surgió la inevitable pregunta derivada de aquella respuesta.
La tÃa se permitió una sonrisa que podrÃa haber sido descrita como una mueca.