La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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A la mañana siguiente, durante el desayuno, Van Cheele era consciente de que el sentimiento de desasosiego que le había suscitado el episodio del día anterior no había desaparecido totalmente y resolvió trasladarse en tren hasta la vecina ciudad episcopal, buscar a Cunningham y oír de sus propios labios lo que había visto y propiciado su observación acerca de un animal salvaje en sus bosques. Una vez tomada esta resolución, recuperó parcialmente su jovialidad y se puso a tararear por lo bajo una melodía alegre y ligera al encaminarse con despreocupación hacia el gabinete donde todas las mañanas fumaba su consabido cigarrillo. Al entrar en la estancia la melodía dejó paso abruptamente a una invocación piadosa. Grácilmente tendido sobre la otomana, en una postura de casi desmedida lasitud, se hallaba el joven de los bosques. Estaba más seco que la última vez que le viera Van Cheele pero por lo demás no se apreciaba ninguna otra variación en su atavío.

—¿Cómo te atreves a venir aquí? —preguntó furiosamente Van Cheele.

—Usted me dijo que no podía quedarme en el bosque —replicó calmosamente el muchacho.

—Pero no que vinieras aquí. ¡Si te viera mi tía!


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