La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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—Debemos hacer por él cuanto sea posible —decidió, y al poco un mensajero, despachado a la rectoría, donde tenían un mozo joven, estaba de vuelta con un traje de criado y los imprescindibles complementos de camisa, zapatos, cuello, etc. Vestido, lavado y peinado, a los ojos de Van Cheele el muchacho no quedaba despojado de ninguno de los motivos de recelo pero su tía lo encontraba encantador.

—Tenemos que llamarle de algún modo hasta que sepamos quién es realmente —dijo—. Creo que Gabriel-Ernest son dos nombres agradables y apropiados.

Van Cheele se avino a ello pero íntimamente tenía sus dudas acerca de si se los aplicaba a un joven agradable y apropiado. Sus recelos no se vieron aminorados por el hecho de que su juicioso y anciano spaniel saliera de estampida de la casa nada más llegar el muchacho y estuviera ahora temblando y ladrando desesperadamente en la otra punta del parque, mientras el canario, vocalmente tan laborioso por lo común como el propio Van Cheele, se limitara a emitir unos pocos y aterrorizados chillidos. Más que nunca estaba resuelto a consultar con Cunningham sin pérdida de tiempo.

En tanto se encaminaba a la estación su tía estaba disponiendo que Gabriel-Ernest debía ayudarla a entretener a los miembros infantiles de su escuela dominical mientras tomaban el té aquella tarde.


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