La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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Cunningham al principio no se mostró muy dispuesto a ser comunicativo.

—Mi madre murió de una dolencia mental —explicó—; así, pues, comprenderá por qué soy remiso a sostener cualquier cosa de naturaleza inverosímilmente fantástica que haya podido ver o creer que he visto.

—Pero, ¿qué fue lo que vio usted? —insistió Van Cheele.

—Lo que creí ver fue algo tan extraordinario que ningún hombre en su sano juicio puede honrarlo con la confianza de que haya sucedido realmente. La última tarde que estuve con usted hallábame medio oculto entre la masa de arbustos que hay junto a la puerta del parque contemplando el desfalleciente atardecer cuando súbitamente tuve la visión de un muchacho desnudo, a quien tomé por un bañista de la cercana alberca, que se destacaba sobre la ladera pelada y contemplaba también la puesta de sol. Su postura resultaba hasta tal punto evocadora de algún fauno selvático de los mitos paganos que inmediatamente pensé en agenciármelo como modelo y un instante después pensé que debía saludarle. Pero justamente en aquel momento el sol se hundió lejos de nuestra vista y el naranja y el rosado se desvanecieron del paisaje, dejándolo todo frío y gris. En ese mismo instante ocurrió algo asombroso… ¡el muchacho también se desvaneció!


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