La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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—¡Cómo! ¡Desvanecido en la nada! —preguntó Van Cheele con excitación.

—No; ésta es la parte más pavorosa de todo —respondió el artista—. Sobre la pelada ladera donde había estado el muchacho un momento antes había un enorme lobo, de color negruzco, colmillos relucientes y ojos amarillos y crueles. Puede usted suponer…

Pero Van Cheele no se detuvo para algo tan fútil como suponer. Dirigíase ya a toda velocidad hacia la estación. Rechazó la idea de un telegrama. “Gabriel-Ernest es un hombre lobo” era un intento desesperadamente inadecuado de plantear su situación y su tía pensaría que era una especie de mensaje cifrado de que se le había olvidado entregarle la llave. Su única esperanza era llegar a casa antes del ocaso. El coche que tomó al término de su viaje en tren le trasladó con lo que se le antojó una desesperante lentitud por los caminos rurales, que aparecían rosa y malva con el rubor del sol poniente. Su tía estaba recogiendo algunos restos de mermelada y pasteles cuando llegó.

—¿Dónde está Gabriel-Ernest? —vociferó casi.

—Ha ido a llevar a su casa al pequeño de los Toop —dijo su tía—. Se estaba haciendo tan tarde que no me pareció seguro dejarle que volviera solo. Qué hermoso atardecer, ¿verdad?


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