La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Pero Van Cheele, pese a no ser indiferente al fulgor del cielo por occidente, no se detuvo a discutir su belleza. A una velocidad para la cual apenas si estaba dotado echó a correr por el angosto sendero que conducía a la casa de los Toop. A un lado discurría la corriente del canal del molino y al otro se extendía la desnuda ladera. Un mortecino cerco de sol rojizo veíase aún en el horizonte y la próxima curva debería ponerle al alcance de la vista a la mal avenida pareja que andaba persiguiendo. Luego, súbitamente el color se escapó de las cosas y una luz grisácea se instaló con un súbito estremecimiento sobre el paisaje. Van Cheele oyó un agudo gemido de terror y cesó en su carrera.