La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Sir Wilfried reingresó en la estancia un minuto después con el rostro blanco debajo de su bronceado y con los ojos dilatados de excitación.
—¡Rediez, es cierto!
Su agitación era inequívocamente genuina y sus oyentes tuvieron un movimiento prominente de avivado interés.
Desplomándose sobre un sillón, prosiguió sin aliento:
—Me lo encontré dormitando en la salita de fumar y le llamé para que fuera a tomar el té. Guiñó los ojos con su gesto habitual y yo le dije “Vamos, Toby; no nos hagas esperar”, y, ¡rediez!, pronunció claramente con la voz más espantosamente natural que vendría cuando le diera la gana. ¡Casi me quedo de piedra!
Appin había estado predicando a un auditorio absolutamente incrédulo; las aseveraciones de Sir Wilfried provocaron una conversión instantánea. Se levantó un babélico coro de horrísonas exclamaciones, en medio del cual el científico permaneció mudo, paladeando el primer fruto de su extraordinario hallazgo.
En mitad del clamor Tobermory hizo su aparición en la sala y con aterciopelados pasos y estudiada indiferencia se deslizó por en medio del grupo, que estaba sentado en torno a la mesa del té.