La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —Oh, bueno, de la mÃa, por ejemplo —dijo Mavis con una tÃmida risita.
—Me coloca usted en una situación embarazosa —dijo Tobermory, cuyos tono y actitud no sugerÃan, por cierto, el menor atisbo de embarazo—. Cuando se insinuó que fuera usted invitada a esta fiesta, Sir Wilfried arguyó que era usted la mujer más mentecata de todo el cÃrculo de sus conocidos y que existÃa una clara diferencia entre la hospitalidad y la atención a los débiles mentales. Lady Blemley replicó que la falta de capacidad mental de usted era justamente la cualidad que le valÃa la invitación, puesto que usted era la única persona que se le ocurrÃa lo suficientemente idiota como para comprarles el coche viejo. Ya sabe usted, aquel al que llaman La envidia de SÃsifo porque va tan ricamente cuesta arriba, si se le empuja.
Las protestas de Lady Blemley habrÃan quizá surtido algún efecto si aquella misma mañana no hubiera sugerido casualmente que el coche en cuestión era exactamente lo que Mavis necesitaba para su casa de Devonshire.
El mayor Barfield se adelantó impetuosamente en una maniobra de diversión.
—¿Qué tal van tus retozos con la gatita de lunares por los establos, eh?
Todos advirtieron el desatino en el mismo instante en que las palabras fueron pronunciadas.