La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne La verdad es que el pánico se había hecho general. Una estrecha balaustrada ornamental discurría por delante de las ventanas de los dormitorios en las Torres y se recordó con desaliento que aquélla había constituido el paseo favorito de Tobermory y por consiguiente había podido observar a las palomas y sabe Dios qué otras cosas además. Si se propusiera hacer memoria, en su actual condición de hablador, el resultado podía ser algo más que desconcertante. La señora Cornett, que pasaba mucho tiempo delante de su tocador y cuyo carácter era acreditado por ser de índole errático aunque puntilloso, parecía tan desazonada como el mayor. La señorita Scrawen, que escribía una poesía ferozmente tierna y llevaba una vida sin tacha, hacía gala simplemente de su irritación; el que es metódico y virtuoso en privado no aspira necesariamente a que todo el mundo se entere. Bertie van Tahn, que a los diecisiete años era ya tan depravado que había desistido de ser peor, se transformó en una desvaída sombra de un blanco gardenia, pero no cometió el error de salir precipitadamente de la pieza, como Odo Finsberry, un joven caballero del que se sabía que estaba estudiando para clérigo y que posiblemente se había sentido turbado ante la idea de los escándalos ajenos que podía oír. Clodoveo tuvo la presencia de ánimo para mantener un exterior sereno; para su coleto, calculaba cuánto tiempo llevaría el procurarse una caja de ratones de fantasía a través de la agencia Intercambio y Comercio, a modo de pago por su silencio.