La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —No sé lo que pasa —le dijo a su amigo—, apenas si rebaso los cuarenta pero tengo la impresión de haberme asentado en un profundo surco de mediana y añeja edad. Mi hermana presenta la misma tendencia. Nos gusta que todo esté exactamente en su lugar acostumbrado; nos gusta que las cosas se produzcan exactamente a la hora prevista; nos gusta que todo sea normal, ordenado, puntual, metódico, al milÃmetro, al minuto. Nos aflige y nos trastorna el que no sea asÃ. Por ejemplo, puestos a traer a colación una futesa, un zorzal ha hecho su nido año tras año en el sauce que hay en el pradillo; este año, por razones que no están claras, lo está haciendo en la hiedra del muro del jardÃn. Hemos hablado poco sobre ello, pero creo que ambos sentimos el cambio como innecesario e incluso un tanto irritante.
—Tal vez —dijo el amigo— se trata de otro zorzal.
—Ya lo hemos pensado —dijo J. P. Huddle—, y me parece que nos causa aun mayor fastidio. No sentimos la necesidad de un cambio de zorzal a estas alturas de nuestras vidas; y, sin embargo, como ya he dicho, apenas si hemos alcanzado la edad en que esas cosas debieran producirnos un serio impacto.
—Lo que ustedes necesitan —dijo el amigo— es una cura de desasosiego.
—¿Una cura de desasosiego? Nunca he oÃdo hablar de tal cosa.