La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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El silencio se prolongaba. Por regla general, el enojo de lady Anne se tornaba articulado y acentuadamente voluble al cabo de cuatro minutos de mutismo introductorio. Egbert tomó la jarra de la leche y vertió parte de su contenido en el platillo de Don Tarquinio; como el platillo ya estaba lleno hasta los bordes el resultado fue un patético rebosamiento. Don Tarquinio lo contempló con un sorprendido interés que se desvaneció en una artificiosa impasibilidad cuando fue requerido por Egbert para acercarse y engullir parte de la sustancia derramada. Don Tarquinio estaba preparado para desempeñar muchos papeles en la vida pero el de aspiradora en la limpieza de alfombras no era uno de ellos.

—¿No crees que nos estamos portando como unos tontos? —dijo Egbert jovialmente.

Si lady Anne lo creía así no lo dijo.

—Me atrevo a decir que en parte la culpa ha sido mía —prosiguió Egbert con una jovialidad que se evaporaba—. Después de todo, tan sólo soy humano, tú lo sabes. Pareces olvidar que tan sólo soy humano.



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