La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Dos días más tarde, durante la mañana, el señor Huddle irrumpió en la vida privada de su hermana, que estaba leyendo La vida rural en el gabinete. Eran el día, la hora y el lugar destinados a La vida rural y la intrusión resultaba absolutamente irregular, pero el señor Huddle tenía en la mano un telegrama y en aquella casa los telegramas eran tenidos por provenientes de la mano de Dios. Este telegrama en particular presentaba concomitancias con la naturaleza del huracán. “Obispo examinando clase confirmación en vecindad imposible alojarse en rectoría debido sarampión solicita su hospitalidad enviando secretario tomar disposiciones”.
—Apenas conozco al obispo; tan sólo he hablado una vez con él —exclamó J. P. Huddle, con el aire exculpatorio de quien advierte demasiado tarde lo indiscreto de dirigir la palabra a obispos desconocidos. La señorita Huddle fue la primera en rehacerse. Le disgustaban los huracanes tan poco como a su hermano pero su instinto femenino le decía que a los huracanes hay que darles de comer.
—Podemos preparar el pato frío con curry —dijo. No era aquél el día previsto para el curry, pero el ligero revestimiento anaranjado significaba una ligera desviación de la norma y el hábito. Su hermano nada dijo pero sus ojos le expresaron gratitud por su denuedo.
—Un joven caballero desea verles —anunció la doncella.