La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —¡El secretario! —susurraron los Huddle al unÃsono; instantáneamente adoptaron una actitud rÃgida que proclamaba que, pese a considerar culpables a todos los desconocidos, estaban dispuestos a oÃr lo que tuvieran que alegar en su defensa. El joven caballero, que se introdujo en la estancia con una cierta altanerÃa elegante, no respondÃa en modo alguno a la idea que los Huddle tenÃan formada acerca del secretario de un obispo; no les cabÃa en la cabeza que los fondos episcopales financiaran un artÃculo tan costosamente tapizado cuando habÃa tantas otras solicitudes de recursos. El rostro resultaba fugazmente familiar; si el señor Huddle hubiera prestado más atención al compañero de viaje sentado justamente enfrente de él en el vagón de ferrocarril dos dÃas antes, tal vez hubiese reconocido a Clodoveo en su actual visitante.
—¿Es usted el secretario del obispo? —preguntó Huddle, tornándose conscientemente respetuoso.
—Su secretario confidencial —respondió Clodoveo—. Pueden llamarme Stanislaus; mi apellido no importa. El obispo y el coronel Alberti tal vez vengan a almorzar. Yo me quedaré aquÃ, en todo caso.
Aquello sonaba casi como el programa de una visita real.
—El obispo está pasando examen a una clase de confirmación en las cercanÃas, ¿no es asÃ? —preguntó la señorita Huddle.