La reticencia de Lady Anne

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—Tal parece —fue la enigmática respuesta, seguida de la solicitud de un mapa a gran escala de la localidad.

Clodoveo se hallaba aún inmerso en el estudio aparentemente profundo del mapa cuando llegó otro telegrama. Iba dirigido al “Príncipe Stanislaus, huésped de los Huddle, La Conejera, etc.”. Clodoveo echó un vistazo a su contenido y anunció:

—El obispo y Alberti no vendrán hasta esta noche, más bien tarde —luego se volvió a escrutar nuevamente el mapa.

El almuerzo no fue una ceremonia muy festiva. El principesco secretario comió y bebió con buen apetito pero desalentó severamente cualquier conversación. Al término de la comida esbozó súbitamente una sonrisa radiante, agradeció a su anfitriona tan delicioso refrigerio y besó su mano con respetuoso embeleso. La señorita Huddle fue incapaz de resolver para sus adentros si tal acción tenía el sabor de una cortesía a lo Luis XIV o a la reprensible actitud romana respecto a las sabinas. Aquel día no le tocaba jaqueca pero tuvo la impresión de que las circunstancias la excusaban y se retiró a su habitación para tener toda la jaqueca que le fuera posible antes de la llegada del obispo. Clodoveo, tras indagar acerca de la oficina de telégrafos más próxima, desapareció al instante carretera abajo.


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