La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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El señor Huddle se lo encontró en el vestíbulo dos horas más tarde y le preguntó cuándo llegaría el obispo.

—Está en la biblioteca con Alberti —fue la respuesta.

—Pero, ¿por qué no me lo han dicho? ¡No sabía que hubiera venido! —exclamó Huddle.

—Nadie sabe que está aquí —dijo Clodoveo—; cuanto más secreto guardemos sobre el asunto, mejor, y bajo ningún concepto le interrumpa en la biblioteca; esas son sus órdenes.

—Pero, ¿a qué viene todo este misterio? ¿Y quién es Alberti? ¿No va a tomar el té el obispo?

—¡El obispo persigue sangre, no té!

—¡Sangre! —balbuceó Huddle, que no alcanzaba a progresar en la comprensión del huracán.

—Esta noche va a ser una gran noche en la historia de la Cristiandad —dijo Clodoveo—. Vamos a masacrar a todos los judíos de los alrededores.

—¡Masacrar a los judíos! —dijo Huddle con indignación—. ¿Quiere usted decirme que hay un alzamiento general contra ellos?

—No, es una idea del obispo; en estos momentos está disponiendo todos los detalles.

—Pero… el obispo es un hombre tan tolerante, tan humano.


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