La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —Eso es precisamente lo que realzará los efectos de su acción. La sensación será enorme.
Eso, al menos, también lo creía Huddle.
—¡Le ahorcarán! —exclamó con convicción.
—Le espera un automóvil para llevarle a la costa, donde está dispuesto un barco de vapor.
—Pero no hay ni treinta judíos en toda la vecindad —protestó Huddle, cuyo cerebro, bajo los repetidos impactos del día, funcionaba con las fluctuaciones del hilo telegráfico durante un terremoto.
—Tenemos veintiséis en nuestra lista —dijo Clodoveo aludiendo a un manojo de notas—. Podemos ocupamos de ellos perfectamente.
—¿Quiere usted decirme que planean utilizar la violencia contra un hombre como Sir Leon Birberry? —tartajeó Huddle—. Es uno de los hombres más respetados de la región.
—Está en nuestra lista —dijo Clodoveo con displicencia—; después de todo, disponemos de hombres de confianza para llevar a cabo nuestra tarea, de modo que no tenemos que contar con la ayuda local. Y tenemos algunos boy-scouts que colaboran con nosotros como ayudantes.
—¡Boy-scouts!
—Sí; cuando se enteraron de que se trataba de matar de verdad se mostraron más entusiastas aún que los hombres.