La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Mientras maduraba reposadamente en su cabeza esta resolución, una provecta anciana acercábase cojeando con paso inseguro por en medio del huerto. Reconoció en ella a una de las mujeres de la casa, la madre o acaso la suegra de la señora Spurfield, su casera, y rápidamente se puso a pensar en busca de alguna observación agradable que dirigirle. La mujer se le adelantó.
—Hay algo escrito con tiza en aquella puerta de allá, al fondo. ¿Qué dice?
La mujer hablaba de una forma impersonal y desvaída, como si la pregunta hubiera estado en sus labios durante años y lo mejor fuera desembarazarse de ella. Sus ojos, sin embargo, miraban con impaciencia por encima de la cabeza de Crefton hacia la puerta de un pequeño henil que constituía la avanzadilla de una dispersa hilera de edificaciones de la granja.
“Martha Pillamon es una vieja bruja”, fue la declaración con que tropezó el inquisitivo escrutinio de Crefton, y vaciló por un momento antes de dar a aquella aseveración una más amplia publicidad. Por lo que sabía de su interlocutor, debía ser la mismísima Martha la persona con la que estaba hablando. Era posible que el apellido de soltera de la señora Spurfield fuera Pillamon. Y aquella enjuta y macilenta anciana que se hallaba junto a él ciertamente cumplía las especificaciones locales en cuanto al aspecto exterior de una bruja.