La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Durante algunos minutos tuvieron la tienda casi para ellas solas, en lo que se refiere a clientes, pero mientras debatían las virtudes y defectos de dos marcas competidoras de pasta de anchoas les sobresaltó una orden, pronunciada desde el otro lado del mostrador, de seis granadas y un paquete de mixtura para codornices. Ninguno de los dos artículos tenían demanda habitual en aquel vecindario. Igualmente inusuales eran el estilo y la apariencia del cliente; de unos dieciséis años de edad, piel aceitunada oscura, grandes ojos pardos y cabello corto y espeso de color negro azulado, podría haberse ganado la vida como modelo para artistas. De hecho, eso es justamente lo que era. El caldero de latón forjado que presentó para recibir su compra era, sin lugar a dudas, la más asombrosa variación de la bolsa de malla o la cesta de la compra, típicas de la civilización suburbial, que el resto de los clientes había visto jamás. Arrojó una pieza de oro, aparentemente de alguna exótica moneda, encima del mostrador y no pareció en disposición de aguardar una posible vuelta.
—Ayer no pagué el vino y los higos —dijo—; guarde lo que sobra para las futuras compras.
—Extraño aspecto el de ese muchacho, ¿no? —dijo interrogativamente la señora Greyes al tendero apenas el cliente hubo salido.