La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —Extranjero, según creo —respondió el señor Scarrick con un laconismo muy distante de sus modales habitualmente comunicativos.
—Quiero una libra y media del mejor café que tenga —dijo una voz autoritaria unos instantes más tarde. El que hablaba era un hombre alto, de rostro imponente y de aspecto ostensiblemente foráneo, destacable, entre otras cosas, por una barba totalmente negra, recortada según un estilo más en boga en la antigua Asiria que en un suburbio de la actual Londres.
—¿Ha estado aquà comprando granadas un muchacho de tez oscura? —preguntó repentinamente, mientras le pesaban el café.
Las dos damas estuvieron a punto de dar un salto al escuchar que el tendero respondÃa con una impávida negativa.
—Tenemos granadas en existencia —prosiguió—, pero nadie las ha pedido.
—Mi criado vendrá a por el café, como de costumbre —dijo el comprador, sacando una moneda de un monedero de maravillosa filigrana. Como si se le ocurriera de repente disparó la pregunta:
—¿Tiene usted, quizá, mixtura para codornices?
—No —respondió el tendero sin vacilar—, no tenemos.