La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne —¿Qué va a negar ahora? —preguntó la señora Greyes en un susurro. Lo que agravaba el asunto era que el señor Scarrick había presidido recientemente una conferencia sobre Savonarola.
El desconocido se deslizó fuera de la tienda subiéndose el cuello de espeso astracán de su enorme abrigo, con aire, según lo describiría más tarde la señorita Fritten, de un sátrapa tras aplazar un Sanhedrin. No estaba ella muy segura de si formó alguna vez parte de las competencias de un sátrapa tan curiosa función pero el símil trasladó fielmente su pensamiento a un amplio círculo de conocidos.
—No hay que preocuparse del de las 3.12 —dijo la señora Greyes—; vamos a contar esto en casa de Laura Lipping. Hoy recibe.
Cuando, al día siguiente, el muchacho de tez oscura entró en la tienda con su caldero de latón para la compra, había un buen puñado de clientes, los cuales, en su mayoría, daban la impresión de estar prolongando las operaciones de compra con el aire de las personas que no tienen mucho en qué ocupar su tiempo. Con una voz que se oyó por todo el local, tal vez porque todo el mundo estaba a la escucha, pidió una libra de miel y un paquete de mixtura para codornices.