A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio El siluro después de enseñar su cabeza, cubierta de una piel viscosa de color verdoso, se zambulló de nuevo, pero no tardó en reaparecer, dirigiéndose contra el portugués.
Comoquiera, sin embargo, que este tipo de escualos es lento en sus movimientos, Yáñez había tenido tiempo de bajar al fondo para evitar el ataque.
El siluro no tardó en seguirle. Pero tenía enfrente un adversario digno de él. Apenas se hubo sumergido, el portugués le atacó, clavándole el kris entre las aletas pectorales.
Dado el golpe, Yáñez cerró las piernas, dejándose llevar por la corriente varios metros, manteniéndose siempre bajo el agua; luego, con dos brazadas, subió a la superficie y, con no poca sorpresa, chocó contra un cuerpo duro que le obligó a hundirse de nuevo.
—¿Otro escualo de agua dulce? —se preguntó—. ¡Y yo que he dejado mi puñal en el pecho del anterior!
Avanzó un poco, conteniendo la respiración, y volvió a salir. Chocó de nuevo, aunque esta vez no con la cabeza sino con un hombro, y acabó por emerger.
—¡Ah, diablo! —exclamó—. ¿Qué es esto? ¡Una lámpara a Júpiter! ¡Qué olor!
Cuatro o cinco pajarracos, con las plumas negras y los picos inmensos, alzaron el vuelo alejándose.