A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Marabúes! —exclamó Yáñez—. ¡Entonces, ahà hay un cadáver!
Sólo en aquel memento se dio cuenta de que tenÃa junto a él un tablón de un par de metros de largo y uno de ancho, en uno de cuyos extremos ardÃa una lamparilla de arcilla.
—Esto es un féretro abandonado a la corriente —murmuró—. ¡Qué encuentro tan poco alegre! Bueno, después de todo me ayudará a mantenerme a flote.
Alargó las manos y se cogió a aquel extraño ataúd. Estornudó con fuerza.
—¡Ah! ¡Por Júpiter! Hay un muerto dentro. ¡Condenados indios! ¡Empiezan a fastidiarme con su sagrado Ganges!
En efecto, tendido sobre el fúnebre tablón, destinado a llegar al Ganges, se encontraba el cadáver de un viejo indio, casi desnudo, con una larga barba blanca, pero reducido por lo demás a un estado horrible.
Los marabúes le habÃan arrancado los ojos, devorado la lengua, desgarrado el vientre para devorarle los intestinos… y de aquellas heridas brotaba un olor nauseabundo que revolvÃa el estómago.
—Puedes acabar en el Ganges incluso sin este tablón que me es más necesario a mà que a ti —dijo Yáñez—. Y además ni perfume no me gusta nada. Ve, ¡y buen viaje!