A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Con un fuerte empujón tiró el cadáver al agua, junto con la lamparilla, y se subió al tablón.
—Ahora tratemos de orientarnos —murmuró—. Los demás ya pensarán en ponerse a salvo como puedan. De Sandokán, Tremal-Naik y mis hombres estoy bien seguro.
Miró en tomo y le pareció reconocer la orilla derecha.
—Ahí es donde debo desembarcar —dijo.
Se tumbó boca abajo y, sirviéndose de las manos como remos, guio su fúnebre embarcación a través del río.
Como casi todos los ríos de la India tienen muy poca pendiente, la corriente no era fuerte y alcanzó con facilidad la orilla.
Abandonó la tabla y llegó a tierra. En aquel lugar sólo había arrozales, pero ni una cabaña.
—Subiendo hacia levante llegaré al templo subterráneo —murmuró—. No debe de estar muy lejos. Tendré que darme prisa, si no quiero llamar demasiado la atención: un hombre blanco sin casaca ni botas y con un cofre a la espalda ha de parecer algo raro.