A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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Se puso rápidamente en marcha, siguiendo siempre la orilla, flanqueada por gruesos árboles entre cuyas ramas correteaban los singalika, unos monos delgadísimos muy numerosos en la India, de casi un metro de altura y con una barba que les da un aspecto extraño; son el terror de los pobres campesinos, a quienes destruyen sin piedad las cosechas.

Yáñez, que veía con inquietud aproximarse el alba, apresuraba el paso. Ya había dejado atrás la isla en la que se alzaba la pagoda de Karia, por tanto no debía de estar muy lejos del templo subterráneo.

De vez en cuando, se detenía un momento esperando descubrir la bangle, pero sólo veía largas filas de grotescos pajarracos, de aspecto decrépito, semipelados, con un larguísimo y fuerte pico.

Eran los marabúes, que esperaban pacientemente el paso de algún cadáver —humano o animal, poco importaba— para echársele encima y en un santiamén hacerlo desaparecer en sus nunca saciados estómagos. El sol lanzaba sus primeros rayos sobre las aguas del Brahmaputra, cuando Yáñez llegó delante del templo subterráneo, ante cuya puerta vigilaba un hombre, con aspecto de faquir.

—¡Ah! ¡Señor Yáñez! —exclamó el hombre, levantándose.

—¡Kammamuri! —exclamó a su vez el portugués.


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