A la conquista de un imperio

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—Con piel de biscnub, señor —contestó el maharato, sonriendo—; pero que no ha renunciado ni a las riquezas ni a los placeres de la vida, ni a los bienes de este mundo, como hacen mis correligionarios.

—¿Han vuelto?

—¿El señor Sandokán y mi amo? Le esperan para el desayuno desde hace media hora.

—¿Y los demás?

—Están todos. Han llegado en la bangle.

—¿Y el ministro?

—Sigue custodiado; pero tengo miedo de que el pobre diablo muera de miedo.

—Tus compatriotas tienen la piel demasiado dura para irse tan aprisa al seno de Siva o de Brahma.

Se abrió paso entre los matorrales que escondían la entrada y se internó en los corredores del templo, vigilados por malayos y dayaks armados con cimitarras y carabinas.

Cuando llegó a la última estancia —que ya hemos descrito, y que como no tenía ventanas seguía iluminada por una lámpara—, encontró a Sandokán, a Tremal-Naik y al ministro sentados a la mesa.

—¡Por fin! —exclamó el primero—. Iba a enviar unos cuantos hombres a buscarte, aunque no dudaba de que llegarías hasta aquí.


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