A la conquista de un imperio

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—No he podido alcanzar la bangle. Más tarde hablaremos de eso; ahora, deja que me cambie, porque estoy chorreando, y haz traer el desayuno. El baño me ha despertado un hambre de tigre.

—Y pon en lugar seguro tu famosa caracola —dijo Tremal-Naik.

—Después; es preciso que la vea el señor ministro.

Pasó a una habitación contigua, y se cambió rápidamente, poniéndose un traje de franela blanca, bastante ligera.

Cuando volvió, la tiffine, o desayuno frío a la inglesa, estaba a punto: carne, cerveza, biscottes, y un bol de curry que había añadido el cocinero para su excelencia el ministro, porque los indios no comen carne de buey.

—De momento, comamos —dijo Yáñez—. Serénese, excelencia, y beba nuestra cerveza: le doy mi palabra de que no contiene ni un trozo de grasa de vaca.

En lugar de tranquilizarse, el rostro del ministro se oscureció aún más; pero no rechazó el curry que le ofrecía Yáñez, ni una jarra de cerveza.

Mientras comían con envidiable apetito, los dos piratas y Tremal-Naik se contaban las aventuras corridas por cada uno de ellos durante la peligrosa evasión.


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