A la conquista de un imperio

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También Sandokán y el indio habían tenido dificultades para salir de las bóvedas sumergidas, pero, más afortunados que el portugués, no habían encontrado ninguna ballena de agua dulce y habían podido alcanzar felizmente la bangle, donde habían encontrado a sus hombres.

Temiendo ser sorprendidos por los sacerdotes de un momento a otro, no habían dudado en partir, convencidos de que Yáñez se las arreglaría solo con facilidad.

Cuando hubo terminado el desayuno, Yáñez encendió su eterno cigarrillo, puso el cofre delante del ministro y lo abrió, sacando la preciosa caracola.

—¿Es esta, precisamente esta, la famosa piedra de salagram? —preguntó al ministro que la miraba despavorido—. Respóndame, excelencia.

Kaksa Pharaum hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Escúcheme ahora, y procure no contestarme sólo con gestos. Exijo de usted importantes declaraciones.

—¿Aún más? —preguntó el ministro, que parecía de pésimo humor.

—¿Le interesa mucho al rey la posesión de esta piedra de salagram?

—Más que a usted, sin duda —contestó el otro—. ¿Cómo se podrían hacer las procesiones sin esa preciosa reliquia, que nos envidian todos los gurús?


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