A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Yáñez hizo seña de que se acercara a uno de los seis malayos, que llevaba entre los brazos una especie de cajita envuelta en un trozo de seda roja; luego dijo:
—Aquà dentro ser piedra de salagram que fue robada por canallas thugs. Ve a decir esto a su alteza. Recibirá en seguida a mÃ, milord.
El indio vaciló un momento, mirando el envoltorio, luego —como presa de una repentina locura—, corrió al amplio soportal y golpeó con furia los gongs colgados sobre las puertas.
—Por fin —murmuró Yáñez, sacando flemáticamente un cigarrillo de su pitillera y encendiéndolo—. Tendremos que esperar, pero eso no importa.
Sus hombres, apoyados en las carabinas, mantenÃan una inmovilidad absoluta, espiando con atención a la guardia india que seguÃa con las lanzas en ristre.
Apenas habÃa transcurrido un minuto cuando un viejo indio, lujosamente vestido —un ministro o cortesano, sin duda— bajó la gran escalinata de blanquÃsimo mármol, precipitándose al encuentro de Yáñez, seguido por varios oficiales con grandes turbantes.
—¡Milord! —exclamó jadeante—, ¿es cierto que ha encontrado la piedra de salagram?
Yáñez tiró el cigarrillo, lanzó una última bocanada de humo casi ante las narices del indio, y contestó:
—Yes.