A la conquista de un imperio

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En el descansillo se abrían cuatro grandiosas galerías, todas de mármol, con columnas retorcidas, adornadas con cabezas de elefantes que entrelazaban artísticamente sus trompas. Amplias cortinas de una bonita y ligerísima seda azul, con trama de oro, descendían entre las columnas para resguardar las galerías de los reflejos del sol y mantener un cierto frescor.

A lo largo de las paredes, unos enormes jarrones, chinos en su mayor parte, contenían colosales ramos de flores y hojas de baniano. También en estas galerías había muchos soldados, que paseaban armados con picas y cimitarras.

El ministro hizo atravesar una de aquellas galerías a Yáñez y a su escolta; luego abrió una puerta de bronce dorado, adornada con esculturas, y les introdujo en una inmensa sala tapizada en seda blanca con bordados de oro, en la que había varias docenas de divancitos de terciopelo blanco.

En un extremo, sobre una plataforma de mármol cubierta en parte por una magnífica alfombra, se divisaba una especie de lecho, sobre el que estaba tendido, apoyándose en un almohadón de terciopelo rojo, un hombre que vestía una larga zamarra blanca.


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