A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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En torno a aquella especie de trono, estaban cuatro indios viejos, que parecían sacerdotes, y detrás de ellos, alineados en cuatro filas, cuarenta sikhs, los guerreros más valerosos de la India, a los que suelen contratar los rajás para formarse una guardia fiel y segura.

Con un gesto imperioso, el ministro hizo detener a los malayos junto a la puerta; luego cogió a Yáñez de una mano, y lo condujo hacia el trono, gritando en voz alta:

—¡Salud a su alteza Sindhia, rajá del Assam! Aquí está el milord inglés.

El soberano se puso en pie, mientras Yáñez se quitaba el sombrero.

Los dos hombres se miraron unos minutos sin hablar, como si quisieran estudiarse mutuamente.

Sindhia era un hombre joven aún —no parecía tener más de treinta años—, pero la vida disoluta que llevaba había trazado en la frente del tirano precoces arrugas.

A pesar de ello era un hermoso ejemplar de indio, de finísimas facciones, con ojos negros que parecían brasas. Una rala barbita negra le daba un aspecto más bien cruel.


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