A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio El elefante, que se había detenido un momento, reanudó el camino, apartando los bambúes con su formidable trompa. Aún estaba tranquilo, pero ya debía de haberse dado cuenta, también él, de que se internaba en el dominio del tigre porque su paso no era tan vivo como antes.
Los perros, bajo una lluvia de latigazos, ya no aullaban, pero de vez en cuando trataban de romper las cuerdas para lanzarse a través de la Typha[26].
—¿Habrán olfateado a la fiera? —preguntó Yáñez, que parecía inquieto, dirigiéndose a Tremal-Naik.
—Creo que el mahout no se ha equivocado —contestó el bengalí—. Por precaución, haremos bien en preparar las carabinas. Algunas veces los tigres solitarios en lugar de escapar se lanzan de improviso sobre los cazadores.
—Preparémonos, Sandokán.
El Tigre de Malasia vació su cibuc, cogió su carabina de doble cañón y la montó, colocándosela entre las rodillas, Yáñez y Tremal-Naik le imitaron, luego apoyaron contra el borde de la plataforma tres picas cortas, pero que tenían las hojas más bien anchas y afiladísimas.