A la conquista de un imperio

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—Tú, Sandokán, vigila al mahout, yo miraré a la derecha y tú, Tremal-Naik a la izquierda —dijo Yáñez cuando todos los preparativos estuvieron listos—. Cuento más con nosotros tres que con toda esta gente.

—Y con Kammamuri y nuestros malayos —añadió el Tigre de Malasia—. No son hombres que vuelvan la espalda en el momento de peligro.

Aunque todo indicaba que la terrible fiera había pasado por aquella jungla, los elefantes llegaron a las orillas del pantano sin encuentros desagradables, y le dieron la vuelta levantando solamente algunas parejas de pavos reales, y media docena de ánades silvestres, del tamaño de los europeos, pero con el cuello más largo, las alas orladas de negro y la cabeza adornada con un penacho.

El pantano tenía una circunferencia de sólo quinientos o seiscientos metros y aumentaba algunos torrentes minúsculos que se perdían en las vecinas junglas.

Las plantas acuáticas, las jhil —que se parecen al loto común y producen un grueso tubérculo bastante apreciado por los indios— lo habían invadido en gran parte.

—Acampemos aquí —dijo Yáñez al mahout.

Echó la escala y bajó con sus compañeros. El mayordomo se reunió con él en seguida, para esperar sus órdenes.


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