A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Aunque la tienda no fuese estrictamente necesaria, la levantaron contra un árbol, casi en medio del campamento. La comida —muy abundante, porque el babourchi habÃa cargado de provisiones al tercer elefante, destinado más al servicio de la caravana que a afrontar a la peligrosa fiera—, fue preparada en seguida y prontamente devorada por los cazadores.
—Milord —dijo el mayordomo, entrando en la tienda después de cae Yáñez y sus compañeros hubieran acabado de comer—. ¿Hago encender hogueras en torno al campamento?
—Guárdate de ello —contestó el portugués—. AsustarÃas al tigre, y entonces, ¿dónde irÃamos a buscarlo? Hemos venido aquà para cazarlo, no para tenerlo lejos.
—Puede caer sobre el campamento, milord.
—Y estaremos preparados para recibirle. Haz poner centinelas detrás de la empalizada, y no te preocupes más. ¿Tienes grasa?
—Ghi (manteca), que servirá lo mismo.
—¿Y botes de lata?
—SÃ, los de la carne en conserva que guardo para milord y sus compañeros.
—Llena tres o cuatro de manteca, mete dentro un trozo de tela o un cordel, hazlos encender y colócalos en torno al campamento, a una distancia de trescientos o cuatrocientos pasos.