A la conquista de un imperio

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Aquella orden era inútil, porque los batidores, asustados por los agudos ladridos de los perros, que anunciaban la presencia de la fiera, se replegaban precipitadamente, para no probar la fuerza de sus garras.

—Estos indios valen muy poco —dijo Sandokán—. Hubieran podido quedarse en el palacio del príncipe. Si no estuvieran los oficiales ingleses, la India sería un país casi inhabitable a estas horas.

—Tened cuidado con las espinas —intervino en aquel momento Yáñez—. Vamos a dejar aquí la mitad de nuestras ropas.

En aquel lugar la jungla era espesísima y difícil de atravesar. Grupos de bambúes espinosos se sucedían unos sobre otros. Si se encontraba verdaderamente allí, el kala-bâgh se había elegido un buen refugio.

—Déjame el primer lugar —dijo Sandokán a Yáñez.

—No, amigo —contestó el portugués—. Hay demasiados ojos fijos en mí, y el golpe de gracia debe darlo milord, si quiere hacerse célebre.

—Tienes razón —admitió Sandokán, riendo—. Nosotros sólo debemos figurar en segunda fila.

Unos gañidos lastimosos se alzaron entre unas matas que crecían veinte pasos más allá, y los perros retrocedieron. El tigre debía de haber despanzurrado algunos.


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