A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Está escondido ahà —dijo Yáñez preparando la carabina.
—¿Podremos pasar? —preguntó Sandokán.
—Me parece que hay una abertura a la derecha —observó Tremal-Naik—. La habrá hecho el tigre.
—Vamos, Yáñez. Con seis tiros podemos hacer frente a cuatro fieras —dijo Sandokán.
El portugués dio la vuelta a las matas y, encontrada la abertura, se metió por ella, mientras los perros retrocedÃan por segunda vez, ladrando fuertemente.
Recorridos quince pasos, Yáñez se detuvo y, quitándose el sombrero con la mano izquierda, dijo con voz irónica.
—¡Os saludo, acto bâgh beursah!
Un sordo gañido fue la respuesta.
El tigre estaba ante el portugués, tendido sobre un montón de hojas secas, impotente ya para hacer daño.
TenÃa toda la piel del pecho cubierta de sangre y las dos patas anteriores rotas.
Viendo aparecer a aquellos tres hombres, hizo un supremo esfuerzo para incorporarse, pero cayó de nuevo dejando escapar de sus fauces abiertas un rugido de furor.