A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Hemos pronunciado tu sentencia —dijo Yáñez, situado a sólo diez pasos de la fiera—. Has sido acusado de asesinato y antropofagia, por eso los señores jurados han sido inflexibles y ahora debes sufrir el castigo de tus delitos y regalar tu piel a su alteza, el rajá del Assam para compensarle por los súbditos que le has devorado. Cierra los ojos. En lugar de obedecer, el tigre hizo una nueva tentativa para levantarse y lo consiguió; pero Yáñez ya habÃa apuntado.
Dos disparos de carabina retumbaron, formando casi una sola detonación, y el kala-bâgh cayó fulminado, con dos balas en el cerebro.
—Justicia cumplida —dijo Sandokán.
—¡Adelante los sikkari! —gritó Yáñez—. El tigre ha muerto.
Los batidores construyeron rápidamente una especie de angarillas, cruzando y atando sólidos bambúes, y cargaron a la fiera, no sin una cierta aprensión.
—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez, que se habÃa acercado para poderlo examinar mejor—. Nunca he visto un tigre tan grande.
—Se ha alimentado muy bien con carne humana —dijo Tremal-Naik.
—Sin embargo, su piel no es ninguna maravilla. Parece como si tuviera la tiña.